El traidor
Todavía estaba él hablando, cuando he aquí que Judas, uno de los Doce, se presentó en el huerto, y con él una gran multitud, con espadas y palos, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los escribas y los ancianos del pueblo.
Todavía estaba él hablando, cuando he aquí que Judas, uno de los Doce, se presentó en el huerto, y con él una gran multitud, con espadas y palos, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los escribas y los ancianos del pueblo.
Conocía Judas, advierte San Juan, el huerto de Getsemaní, porque frecuentemente acudía a él Jesús con sus discípulos.
Dando el traidor por seguro que, también aquella noche, iría Jesús a tener su oración en el huerto; no bien salió del Cenáculo, empezó los preparativos para sorprenderle en aquel lugar retirado.
Diéronle los Pontífices y fariseos una escolta, compuesta de criados del Sanedrín y de guardias del Templo, con sus capitanes y con algunos magistrados que dirigieran y autorizaran el prendimiento.
Los Pontífices serían también los que obtuvieron, del gobernador romano un grupo de soldados, –«una cohorte», dice San Juan–, con su tribuno.
Además de las armas, llevaba el escuadrón linternas y hachas de viento, para que el Señor no pudiera escapárseles a favor de las sombras de la noche.
Tanto se encubrió aquella sempiterna luz en nuestra carne mortal, que el poder de las tinieblas iba a buscarle con linternas.